Vender para ser

 F llegó a supervisor de una editorial de cursos a distancia. "Llegaste", dicen, pero esto no suele pasar sin ante pisar un par de cabezas, es decir, fomentar la competencia entre compañerxs que tratamos en el posteo anterior.  Sobre esto volveremos en experiencias posteriores.
 Nos cuenta: "Nunca olvidaré a la gente enojada porque el curso de gasista a distancia no daba matrícula o que el curso de mecánica automotor no enseñaba a reparar nada más nuevo que un Ford Falcón 83". También ocurre que se llama con poco información porque la empresa no abre canales de comunicación suficientes, cómodos o accesibles. Pero no sólo lxs clientxs son jodidos mentalmente, claro. "Llegué a tener ataques de pánico -cuenta nuestro protagonista- por la presión de vender. Además el lugar era bastante sucio y sacando nescafe y el agua del bidón no teníamos nada". Como vemos las condiciones no son solo malas desde el punto de vista del objetivo laboral, sino de sus condiciones diarias. "Las vinchas un desastre, las compus tenían un bloqueo pelotudo de cyber de mala muerte que solo empeoraba todo". Muchxs, por no decir todxs, vivimos esto. Vinchas rotas, computadoras en mal estado, y la única respuesta que recibimos es que cambiemos de máquina o de vincha, como si no fuera necesario renovar el mantenimiento de nuestras herramientas de trabajo. También aplica al salario. "Y el sueldo era bastante mísero. Por alguna razón el supervisor no comisionaba". Otra condición más para sacar provecho monetario de nuestro sudor. Somos pérdida, lisa y llana. Diariamente. "Conformate, menos queja y más laburo" parece ser siempre la política a impulsar.
 Nuestro operador sigue aportando experiencias que ejemplifican la explotación: "Antes de eso laburé en dos de venta a España, ambos para Jazztel. En el primero duré un mes porque no vendía". Nunca nos dejarán olvidar que somos números, y nuestro trabajo se mide en base a cuánto le hacemos ganar al patrón. Decíamos, somos pérdida, y si lo somos durante dos o tres semanas máximo, afuera. Que otro asuma la pérdida. "Después fui a laburar a uno muy chico con un amigo. Iba bien hasta que tuve una mala racha de dos días y la supervisora empezó a acosarme laboralmente, al punto de que me hizo hacer llamados con un teléfono de tubo. La mandé a la mierda y me fui".  Qué bueno que F pudo tomar esa decisión. Qué alivio. Pero esa misma presión que le generó a él los ataques de pánico, se repite en otras realidades laborales, las que padecemos sistemáticamente en esta cámara de tortura del espíritu y la moral que es el call center.

 ¿Con quién tengo el gusto de hablar?

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